miércoles, 1 de enero de 2014

Se va… se va… se fue… aguas que ahí viene otro…


Por lo general, al cerrar un ciclo típico (es decir una vuelta al sol por cumpleaños o por cambio de calendario) la yo que era solía titular o pensar en “el recuento de los daños” y llegaba a esa fecha sintiéndome como una sobreviviente, con la sensación de sorpresa por haber llegado a dicha fecha (o como se dice, de haberla librado)…
Ahora como muchas cosas, eso ha cambiado… llego al final de año y al inicio del otro con la sensación de que esos 365 días los viví, plena, intensa y totalmente…
No puedo dejar de hacer referencia un tanto al pasado, pero en este punto, es como mero ejercicio comparativo y el ver hacia atrás, hace exactamente un calendario y verme, recordarme, pensarme a mí misma  y mis circunstancias, y ver como ayer terminó mi calendario y como inicio en otro, me da una intensa sensación de orgullo, esperanza y sorpresa…
Quisiera no ser repetitiva por momentos, pero de repente pienso que mis textos fueron tan repetitivos en el sentido opuesto, que no creo que un poco más de reiterar tenga nada de “malo”…
El año pasado, terminé el ciclo con miedo e inseguridad por los cambios que vendrían al mandar todo al diablo y empezar de cero, con incertidumbre por perder lo que tenía, aunque esto fuese caótico, doloroso, confuso y un marasmo bizarro. Llegué al final apesadumbrada, cansada, desesperanzada, triste, dolida, con las alas rotas, bloqueada emocionalmente hacia emociones “placenteras” o “buenas”.
Como casi siempre, estuve en casa de familiares con los que no tengo más que un vínculo sanguíneo, fugándome del momento, malhumorada y nefasteada, sintiéndome fuera de lugar… después, de regreso a casa, en el palomar, encendí una larguísima luz de bengala viendo hacia la ciudad, despidiéndome de ella con un agridulce sabor de boca…
Ayer, tras todo lo vivido y experimentado este año, cerré esa vuelta al sol sintiéndome feliz, en paz conmigo misma, satisfecha, orgullosa, tranquila, emocionada, con nuevas alas, con más magia que nunca, llena de esperanza (al estilo Bloch, de esa posible, que se vive día a día y no como un camino lejano e inalcanzable), infinitamente agradecida y con un nudo en la garganta, pero de felicidad que salió con varios gritos intensos desde el corazón…
El último día del año me desperté tarde, como hacía tiempo que no lo hacía, cociné algo rico y pasé la tarde viendo una película coreana titulada “náufrago en la luna”.
Después, dirigí mis pasos para encontrarme con una tambora que tocaba sobre la banqueta por la celebración del 20º aniversario de la aparición pública del EZLN afuera de la casa del Enlace Zapatista. Cierre y un poco de baile en la calle, para después ser invitados por los compas a brindar con sidra, ponche, unos buñuelos y seguir bailando un ratito a brinco y brinco.
Después, seguir el camino hasta ese lugar que se ha vuelto como mi segunda casa, para ahí, rodeada de extraños y extranjeros, pero también de la nueva familia, de los cercanos, de esas personas que a tan pocos días de haberse cruzado nuestros senderos, ya habitan mi corazón y mi mente entrañablemente, sentir morir el año viejo y ver nacer al nuevo…
Camino a casa, encontré un ramo de unas flores con olor exquisito, llegué a mi nuevo buker al amanecer y pese al cansancio y desvelo, vi la luz invadir totalmente el cielo del primer día de la nueva vuelta al sol, con una sonrisa por dentro y por fuera, como si la bengala este año fuera parte de mi…

Kolabal… 

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