sábado, 8 de febrero de 2014

Más allá del fashion de “la escuelita zapatista” (Parte II)

Entre imágenes oníricas se filtra sutilmente una voz que dice “compañera, ya es hora”. Abro los ojos y salgo del capullo sintético que me envuelve y la primera imagen con la que me recibe este mundo, es una cordillera de montañas verdes siendo acariciadas por las nubes…
“buenos días compañera”  digo mientras viro  los ojos hacia Mariana, mi guardiana y compañera en este viaje…

Tras un café de olla y un plato de frijoles negros, el cuerpo había recuperado energías para empezar las clases. El gran salón se llenó gradualmente de estudiantes de otros estados, de otros países de todo el mundo y entre murmullos de expectativa fueron llegando y acomodándose en la parte del frente los  maestros de la comunidad. Al fondo la bandera de México y la del EZLN como escenario perfecto.
Uno a uno los maestros procedentes de pueblos como Arbolito, Monterrey, Progreso, Israel, Solecito, Naranjo, Jaguar y varios otros, fueron explicando la historia, los procesos, compartiendo  las resistencias contra los ataques desde diferentes frentes, todo desde la historia de “La Garrucha”, con una que otra anécdota filtrada.
Poco después partiríamos hacia las comunidades en una redila. El destino de la mía, era el pueblo 5 de mayo, a 5 horas del caracol a velocidad de caravana, a dos horas de Ocosingo.
La redila empezó a disminuir su velocidad en la carretera, el atardecer empezaba a oscurecer el día y el cielo nublado no permitió ver los últimos rayos. 
Al descender del vehículo y dar la media vuelta, estábamos en una explanada cubierta de pasto frente a la escuela y los compas de pié, en círculo, nos esperaban para darnos la bienvenida.  

Mariana, mi guardiana y yo los saludamos a uno por uno de mano,  y luego nos incorporamos en la fila. Rendimos homenaje a la bandera de México con el himno, seguido del homenaje a la bandera zapatista, con su respectivo himno también.
Al concluir la ceremonia, nos dirigieron un mensaje de bienvenida, que respondí con breves palabras, incluida la disculpa de no saber tsotsil ni tzeltal.
Después, a mí se acercó la que sería mi familia por unos días, encabezados por Benjamín y por Lucía, una pareja ya mayor, de 55 años, quienes mirándome a los ojos y aun con el rosto cubierto por el pasamontañas, me extendieron la mano, me dieron la bienvenida y me indicaron el camino a casa. Ahí empezaría para mí la verdadera escuelita.
Mi familia contaba con 3 hombres jóvenes, aun viviendo en casa y uno casado que vivía en Emiliano Zapata, y dos mujeres jóvenes también aun viviendo en casa. Sus edades oscilaban entre 25 y 33 años.
Nunca habían recibido gente de fuera, en si la comunidad no había recibido gente de fuera, y en esa ocasión solo recibieron a una mujer y a mí solamente. Hablaban tsotsil, pero para poder comunicarse con mi votán tenían que hablar en tzeltal. No hablaban en castilla.
Aquella primera cena en casa, con cafecito y frijolitos, desde esa noche ya estaba cargada de calidez.
Don Benjamín era un hombre ya grande, tranquilo, de pocas palabras, que siempre estaba presente, salvo cuando iba a trabajar en el campo, pero de eso se ocupaban más los hijos. Lucía era una mujer menudita, muy sonriente, muy cariñosa, tranquila y muy platicadora.
La casa estaba dividida a lo largo de todo el terreno en una 3 cabañitas de madera, una el cuarto de los hijos, una para la cocina y una en la que dormíamos Julia, Benjamín, Nayeli y Rocío (las hijas) y ahora también Mariana y yo. Y al fondo del terreno un pequeño cuartito con un baño seco camino al cual había un cuartito con una manguera para bañarse.
Por todos lados había muchas gallinas y un par de perros corriendo libres, limitados solamente en un costado por una barda de cañas de azúcar.
Estoy consciente de que la forma de ser y vida de la
familia que me acogió está marcada y guiada por ser parte de la organización, pero viviendo con ellos tres días, descubrí que cada familia es única, cada familia tiene su historia y su proceso dentro de la organización, y más allá de ello, lo que más valoré y de lo que más aprendí, fue de los humanos, de las personas en sí. Poco hablamos de la organización, poco hablamos del zapatismo, no hacía falta, no me hizo falta, diario estudiaría de los libros varias cosas de la organización, yo
aprendí más de ellos por su día a día, por su trato, por su cotidianeidad, por sus palabras, por lo que me compartieron de ellos, no tanto de la organización.
Todos los días antes de que el sol saliera, una voz baja y sutil me despertaba con un “compañera, ya es hora”  y minutos después, ya en la cocina, el día empezaba con pláticas entre Julia, Nayeli, Rocío y
Mariana. Mientras tomábamos cafecito, molíamos el maíz, la masa, hacíamos tortillas y cocíamos frijol.
Lamenté inmensamente no entender ni hablar el tsotsil ni el tzeltal, porque muchas cosas se hablaban cotidianamente y de pocas me enteré, solo a veces cuando la risa brotaba, me atrevía a interrumpir un poco para preguntar de qué hablaban. Por momentos, cuando entendía algo vagamente, me atrevía tímidamente a decir palabra en tsotsil. Julia cada que veía mi intento sonreía y reía diciendo en tzeltal,  “ya ven, si entiende”.  Algo parecido pasaba cuando desde el primer día me vio entrándole a la molida del maíz y al intento de hacer tortillas redonditas, de perdido con la prensa y no a mano.
Al estar listo el desayuno llegaba Benjamín y todos nos sentábamos a comer frijoles de colores, tortillitas recién hechas y café, algunos días fue té de limón para mí porque llegué con fiebre. 
Admito que se me hacía extraño que los hijos llegaran a desayunar más tarde, ya que nosotros nos habíamos levantado de la mesa. No supe si era normal o era por mi presencia ahí. En realidad prácticamente no conviví con ellos.
Por lo general, después de desayunar, llegaba la hora de limpiar el frijol. Me sorprendí al descubrir que los frijoles que llevaban de su milpa tenían una variedad de 7 colores diferentes entre pintos y lisos, rosas, rojos, morados, lilas, aun entre vainas de una misma rama.
También se preparaba la masa para el pozol y a media mañana era la hora de beberlo.
Todo el tiempo “radio insurgente” ambientaba las actividades. Ahí descubrí que los zapatistas tienen permanentemente su propio horario, una o dos horas adelantado del resto del país, del horario oficial “Porque los zapatistas tienen cosas que hacer más temprano” me dijeron.
Me invitaron a deshierbar en la milpa colectiva de cebollín. Me invitaron a deshierbar en la milpa de la familia que estaba aún más retirada. 

Si bien toda la estancia ahí ha dejado huella, hubo dos momentos fortísimos, que fueron los que más me marcaron.
Una tarde, mientras estudiaba en el cuarto, llegaron de repente Mariana y Nayeli “anda, vamos a matar a la gallina”. En ese momento pude sentir claramente como mi pulso se aceleró y como en mi mente empezó a haber una lucha y discusión de pensamientos encontrados. Sin embargo, no rechacé la invitación. Dejé mi libro sobre la cama y salí sin titubear. Mientras caminábamos hacia la parte de atrás de la cocina, me contaron que la iban a matar porque se había vuelto loca porque los perros se habían comido los huevos que estaba empollando y la pobre andaba por todos lados corre y corre buscándolos.
Nayeli agarro a la gallina roja por el cuello y lo jaló 3 veces, la ingrata gallina se negaba a morir. La colgaron de las patas de cabeza y no pude evitar reírme cuando en su desesperación porque no se moría la gallina Nayeli le tapó los orificios del pico por donde respira y yo entre risas le dije que también le tapara el pico. Creo que fue la primera vez que nos reímos todas juntas y entendiendo el porqué. Cuando sacó la olla con agua caliente le pregunté que si ahora la iba a ahogar para que ahora si se muriera y entre risas me dijo, no ya ahora si está muerta pero hay que desplumarla, así que vente.  Y desde ese punto me tocó ser parte del proceso. Desplumarla, cortarla, sacarle los órganos, etc. Ese proceso y las bromas fueron el tema de conversación de la comida, mientras  comíamos caldo de gallina roja loca, con sus respectivos pedazos… a mí me tocó el muslo. Admito que incluso hasta el momento de comer, la reestructuración de mi posición de no comer carne, las razones, los casos, los momentos y justificaciones, estuvieron presentes. Mi estómago se tardó dos días en asimilarlo, tardó más que mi mente.
El otro momento fue el más fuerte, íntimo y el que más agradezco.
Aquel día, Mariana se había ido a platicar con la votán de la otra mujer que estaba en la comunidad. Yo me
había quedado sentada en el pasto afuera de la cabaña donde dormíamos, a mi lado Benjamín y Lucía. Veíamos el atardecer en silencio. De repente, por primera vez, Benjamín me habló en castilla “¿y tú, ya habías venido a Chiapas antes?” y ahí empezamos a hablar de aquel 1998 en que por primera vez llegue a San Cristóbal a presentar aquella obra de “el banquete” y al día siguiente fuimos al 1er aniversario de la masacre de Acteal y de lo que me había provocado a mi ese primer viaje. Ahí me compartió que ellos eran de Acteal, que habían sido parte de las Abejas y me contó su experiencia con la masacre, que si bien ellos no vivían ya ahí, murieron parientes y compadres de ellos. Pero no lo contaba desde un punto de vista victimista, sino desde otro punto, con templanza y como dicen por ahí, con la conciencia de que a los muertos se les honra siguiendo en la lucha. Aquella plática duró hasta que desapareció el sol y la falta de luz impidió que siguiéramos viéndonos a los ojos. En ese atardecer sentí que se formó un vínculo, como cuando sientes que un hilo de Ariadna aparece.
Después de eso, Benjamín me hablaba más en castilla. Cuando salía de la cocina a fumar, él se acercaba a hacerme compañía, a veces no decía nada, a veces me contaba cosas o a bromear.
La noche anterior a mi partida,  en la cena, Benjamín y Lucía me dijeron que me iba a hacer falta mi risa y mi molida de maíz cuando me fuera. Yo les dije que los echaría de menos y que me iba con ganas de conocerlos y aprender más de ellos. Nos lamentamos por tener que seguir la regla de no poder dejarles mis datos, ya que ellos van a San Cristóbal una vez al mes, más o menos.
“Hay que dormir temprano para que mañana desayunemos tranquilos,para podernos despedir tranquilamente” fueron las últimas palabras de Benjamín antes de irse a dormir. Julia se había ido más temprano porque había estado enferma de tos y le dijimos que se fuera a descansar para que se pusiera buena.
A la mañana siguiente, preparamos tortillas para llevar, me regalaron varios frijolitos aun en vaina, Benjamín me regaló unas ramitas de arroz que me había enseñado a moler. Aunque tristes el evocar la escena de la gallina y de mis primeros intentos por hacer tortilla siguieron provocando la risa entre todos.
Poco tiempo después oímos la llegada de la redila. Teníamos que movernos a las afueras de la escuela para la ceremonia de despedida. Hacía frío y el cielo estaba nublado como cuando llegue.
Llegamos a la explanada y nuevamente hicimos honores a las banderas.
Nos dirigieron un mensaje de despedida las autoridades de la comunidad, seguido por un mensaje de despedida de nuestras familias. Yo, con la voz entrecortada y un nudo en la garganta, a duras penas pude articular algunas palabras de agradecimiento.
Nuevamente me despedí de mano de todos los miembros de la comunidad, pero al llegar a mi familia, fue un abrazo con el que me despedí.


Nos subimos a la redila y esta avanzó hasta la orilla del pueblo y se detuvo, para esperar a la caravana de redilas que venían de comunidades más adentro.
Mientras esperábamos en la redila, pasaron las familias de regreso a sus casas. Y cuando pasó mi familia, nuevamente, desde arriba de la camioneta les extendí la mano para volver a despedirme. Cuando se acercó Benjamín, me extendió la mano. Se dio media vuelta, y cuando volvió a verme a los ojos nuevamente extendiéndome la mano, ambos empezamos a llorar yo casi tartamudeando dije "gracias", él "cuídate".


Arrancó la redila, la caravana había llegado…

Yo con eso me quedé. Llegando a la Garrucha, no quería quedarme a la fiesta. Busqué regresarme lo más pronto a San Cristóbal. Yo con eso me quedé, con la “experiencia” vivida con mi familia. No quería fiesta… estaba llena… atravesada… con “eso que me pasó”…


viernes, 10 de enero de 2014

Más allá del fashion de “la escuelita zapatista” (Parte I)

Tantisimas cosas que puedo decir de lo que fue para mí la experiencia de “la escuelita” y tantísimas maneras de plasmarlas han pasado por mi cabeza en estos días de cómo hacerlo. Pero el primer paso se está dando, el asimilar “LA EXPERIENCIA” así con mayúsculas y con todas sus letras…

Lo primero que aparece por mi mente son las cuestiones racionales, esas cosas que con la cabeza cuestioné y cuestiono, que cual trámite burocrático del proceso son necesarias y las plateo pa poder seguir al paso e irme con lo más trascendente, en lo que la razón no se separa del resto, sino que se fusiona con todo lo que de mí se involucró….

Creo que todos esos cuestionamientos giran en torno a las reglas del juego…

Si tanto se critica el turismo revolucionario, creo que la temporalidad de la escuelita genera una gran contradicción sobre este punto, ya que, en 5 días, que es el tiempo real en el que se da este primer nivel de la escuelita, no se puede ni mínimamente profundizar ni en lo político ni en lo personal, y pasa a ser una experiencia meramente turística. Si comprendo que hay miles de justificaciones de por qué dura tan poco y demás, y las entiendo, pero ello no deja de dar por resultado, a mi parecer, una temporada turística en una comunidad zapatista.

Por otro lado, se hizo mucho énfasis en que uno no se debía involucrar personalmente con la gente, que uno estaba ahí para desarrollar relaciones políticas y no personales con una familia que forma parte de una organización, pero esa regla del juego me resulta tan absurda, tan imposible, tan hasta superficializable de la experiencia. Lo personal es político, y somos una totalidad infragmentable… las familias, los guardianes, las comunidades y nosotros mismos (idealmente) nos abrimos de corazón a compartir, a vivirnos, a dejarnos traspasar y transformar, y para ello no se involucra únicamente lo político, sino todo el ser, física, mental, intelectual, emocional, política, cultural y sensorialmente… enfocarnos meramente a estar ahí con el filtro y limitación de la relación meramente política es imposible y criticable… Por ello la regla del juego de no dejarle tus datos a la familia ni nada de nada, si bien entiendo el por qué, dentro de la organización, y si es justificable, es a mi parecer, una regla imposible de cumplir…


Por parte de la mayoría de los que han escrito o publicado por algún medio algo sobre sus experiencias en la escuelita, tras pasar yo por ello, hay dos cosas que me resulta inevitable notar:
Algo que tuve muy claro desde el principio y de lo que estuve pendiente todo el tiempo, fue el reconocer honestamente en donde estoy parada yo, mi historia, mi actualidad, mi contexto y como leí de Gasché, el partir de ello y aceptarlo es un referente honesto y realista que nos ayuda a no caer en relaciones de poder… Poco he leído de las incomodidades, contrastes y sufrimientos que los alumnos pasaron en cada una de las comunidades. Como si las condiciones siempre hubiesen sido ideales y de lo más normales para todos, lo cual es falso. La mayoría íbamos de ciudades, de cierto entorno de “comodidad” y los compas viven de maneras totalmente diferente en muchos aspectos, y por momentos me
resulta tan falso y minimizante del esfuerzo de los compas el que normalicemos detalles tan cotidianos como el clima, el lugar en el que dormimos, los insectos, la distancia del  baño  de los cuartos, el tipo de baños, la comida, la dinámica de los horarios, el trabajo físico, las enfermedades, la dinámica en torno al bañarse, etc…
Si, de acuerdo, no había razón para clavarse en eso y si podemos adaptarnos un ratito (ahí aparece de nuevo lo del turismo revolucionario) pero ello no implica que no haya pasado.
Yo por ejemplo observándome honestamente en esos aspectos, admito que no encontré en mi actitudes colonizadoras ni ejecución alguna de ejercicio de poder jaja, y pensándolo bien, no lo identifico en general jajaja. Pero si admito que cosas como la incomodidad de tener a una persona a mi lado todo el tiempo siendo mi guardiana, de la distancia del baño del cuarto de dormir (estaba al final del terreno casi casi), del comer 4 y no 2 veces al día como acostumbro, de  los horarios de levantarse y dormirse distan mucho de lo acostumbrado, que el humo de la leña me encantaba salvo cuando me calaba en los ojos y garganta, el tener que matar, desplumar, desmembrar una gallina, siendo vegetariana si es un parteaguas… es el tipo de detalles que me hicieron verme, contrastarme y reconocerme honestamente en el punto en el cual estoy parada… y si, son cosas sobre las que tengo que trabajar y detalles cotidianos que admiro de la banda.


Otra cosa que sobre lo que he leído, oído y visto sobre lo que comparten los estudiantes de la escuelita, es que siento que estandarizan las experiencias, como si todos los guardianes, estudiantes, comunidades, familias y contextos culturales, físicos y temporales fueran iguales dentro de la escuelita… y no, nadie absolutamentente nadie vivió la experiencia de la escuelita de la misma manera en que lo hizo otro alumno, cada uno de nosotros tiene una historia, contexto, vida, personalidad y objetivos diferentes, somos diferentes esencialmente, al igual que cada guardián y cada familia e integrante de las mismas… y sin embargo leo tan similares la transmisión de las experiencias… cuando debería de haber un arcoíris, una variedad inmensa y riquísima de experiencias…

Pero bueno, quién soy yo pa andar diciendo cualquier cosa sobre como comparten o no el resto de los estudiantes… ¿Qué no?

(continuará…)










miércoles, 1 de enero de 2014

Se va… se va… se fue… aguas que ahí viene otro…


Por lo general, al cerrar un ciclo típico (es decir una vuelta al sol por cumpleaños o por cambio de calendario) la yo que era solía titular o pensar en “el recuento de los daños” y llegaba a esa fecha sintiéndome como una sobreviviente, con la sensación de sorpresa por haber llegado a dicha fecha (o como se dice, de haberla librado)…
Ahora como muchas cosas, eso ha cambiado… llego al final de año y al inicio del otro con la sensación de que esos 365 días los viví, plena, intensa y totalmente…
No puedo dejar de hacer referencia un tanto al pasado, pero en este punto, es como mero ejercicio comparativo y el ver hacia atrás, hace exactamente un calendario y verme, recordarme, pensarme a mí misma  y mis circunstancias, y ver como ayer terminó mi calendario y como inicio en otro, me da una intensa sensación de orgullo, esperanza y sorpresa…
Quisiera no ser repetitiva por momentos, pero de repente pienso que mis textos fueron tan repetitivos en el sentido opuesto, que no creo que un poco más de reiterar tenga nada de “malo”…
El año pasado, terminé el ciclo con miedo e inseguridad por los cambios que vendrían al mandar todo al diablo y empezar de cero, con incertidumbre por perder lo que tenía, aunque esto fuese caótico, doloroso, confuso y un marasmo bizarro. Llegué al final apesadumbrada, cansada, desesperanzada, triste, dolida, con las alas rotas, bloqueada emocionalmente hacia emociones “placenteras” o “buenas”.
Como casi siempre, estuve en casa de familiares con los que no tengo más que un vínculo sanguíneo, fugándome del momento, malhumorada y nefasteada, sintiéndome fuera de lugar… después, de regreso a casa, en el palomar, encendí una larguísima luz de bengala viendo hacia la ciudad, despidiéndome de ella con un agridulce sabor de boca…
Ayer, tras todo lo vivido y experimentado este año, cerré esa vuelta al sol sintiéndome feliz, en paz conmigo misma, satisfecha, orgullosa, tranquila, emocionada, con nuevas alas, con más magia que nunca, llena de esperanza (al estilo Bloch, de esa posible, que se vive día a día y no como un camino lejano e inalcanzable), infinitamente agradecida y con un nudo en la garganta, pero de felicidad que salió con varios gritos intensos desde el corazón…
El último día del año me desperté tarde, como hacía tiempo que no lo hacía, cociné algo rico y pasé la tarde viendo una película coreana titulada “náufrago en la luna”.
Después, dirigí mis pasos para encontrarme con una tambora que tocaba sobre la banqueta por la celebración del 20º aniversario de la aparición pública del EZLN afuera de la casa del Enlace Zapatista. Cierre y un poco de baile en la calle, para después ser invitados por los compas a brindar con sidra, ponche, unos buñuelos y seguir bailando un ratito a brinco y brinco.
Después, seguir el camino hasta ese lugar que se ha vuelto como mi segunda casa, para ahí, rodeada de extraños y extranjeros, pero también de la nueva familia, de los cercanos, de esas personas que a tan pocos días de haberse cruzado nuestros senderos, ya habitan mi corazón y mi mente entrañablemente, sentir morir el año viejo y ver nacer al nuevo…
Camino a casa, encontré un ramo de unas flores con olor exquisito, llegué a mi nuevo buker al amanecer y pese al cansancio y desvelo, vi la luz invadir totalmente el cielo del primer día de la nueva vuelta al sol, con una sonrisa por dentro y por fuera, como si la bengala este año fuera parte de mi…

Kolabal…