Entre imágenes oníricas se filtra
sutilmente una voz que dice “compañera, ya es hora”. Abro los ojos y salgo del
capullo sintético que me envuelve y la primera imagen con la que me recibe este
mundo, es una cordillera de montañas verdes siendo acariciadas por las nubes…
“buenos días compañera” digo mientras viro los ojos hacia Mariana, mi guardiana y compañera
en este viaje…
Tras un café de olla y un plato
de frijoles negros, el cuerpo había recuperado energías para empezar las
clases. El gran salón se llenó gradualmente de estudiantes de otros estados, de
otros países de todo el mundo y entre murmullos de expectativa fueron llegando
y acomodándose en la parte del frente los
maestros de la comunidad. Al fondo la bandera de México y la del EZLN
como escenario perfecto.
Uno a uno los maestros
procedentes de pueblos como Arbolito, Monterrey, Progreso, Israel, Solecito,
Naranjo, Jaguar y varios otros, fueron explicando la historia, los procesos,
compartiendo las resistencias contra los
ataques desde diferentes frentes, todo desde la historia de “La Garrucha”, con
una que otra anécdota filtrada.
Poco después partiríamos hacia
las comunidades en una redila. El destino de la mía, era el pueblo 5 de mayo, a
5 horas del caracol a velocidad de caravana, a dos horas de Ocosingo.
La redila empezó a disminuir su
velocidad en la carretera, el atardecer empezaba a oscurecer el día y el cielo
nublado no permitió ver los últimos rayos.
Al descender del vehículo y dar
la media vuelta, estábamos en una explanada cubierta de pasto frente a la
escuela y los compas de pié, en círculo, nos esperaban para darnos la
bienvenida.
Mariana, mi guardiana y yo los
saludamos a uno por uno de mano, y luego
nos incorporamos en la fila. Rendimos homenaje a la bandera de México con el
himno, seguido del homenaje a la bandera zapatista, con su respectivo himno
también.
Al concluir la ceremonia, nos
dirigieron un mensaje de bienvenida, que respondí con breves palabras, incluida
la disculpa de no saber tsotsil ni tzeltal.
Después, a mí se acercó la que
sería mi familia por unos días, encabezados por Benjamín y por Lucía, una
pareja ya mayor, de 55 años, quienes mirándome a los ojos y aun con el rosto
cubierto por el pasamontañas, me extendieron la mano, me dieron la bienvenida y
me indicaron el camino a casa. Ahí empezaría para mí la verdadera escuelita.
Mi familia contaba con 3 hombres
jóvenes, aun viviendo en casa y uno casado que vivía en Emiliano Zapata, y dos
mujeres jóvenes también aun viviendo en casa. Sus edades oscilaban entre 25 y
33 años.
Nunca habían recibido gente de
fuera, en si la comunidad no había recibido gente de fuera, y en esa ocasión
solo recibieron a una mujer y a mí solamente. Hablaban tsotsil, pero para poder
comunicarse con mi votán tenían que hablar en tzeltal. No hablaban en castilla.
Aquella primera cena en casa, con
cafecito y frijolitos, desde esa noche ya estaba cargada de calidez.
Don Benjamín era un hombre ya
grande, tranquilo, de pocas palabras, que siempre estaba presente, salvo cuando
iba a trabajar en el campo, pero de eso se ocupaban más los hijos. Lucía era
una mujer menudita, muy sonriente, muy cariñosa, tranquila y muy platicadora.
La casa estaba dividida a lo
largo de todo el terreno en una 3 cabañitas de madera, una el cuarto de los
hijos, una para la cocina y una en la que dormíamos Julia, Benjamín, Nayeli y
Rocío (las hijas) y ahora también Mariana y yo. Y al fondo del terreno un pequeño
cuartito con un baño seco camino al cual había un cuartito con una manguera
para bañarse.
Por todos lados había muchas gallinas
y un par de perros corriendo libres, limitados solamente en un costado por una
barda de cañas de azúcar.
familia que me acogió está marcada y guiada por ser parte
de la organización, pero viviendo con ellos tres días, descubrí que cada
familia es única, cada familia tiene su historia y su proceso dentro de la
organización, y más allá de ello, lo que más valoré y de lo que más aprendí,
fue de los humanos, de las personas en sí. Poco hablamos de la organización,
poco hablamos del zapatismo, no hacía falta, no me hizo falta, diario
estudiaría de los libros varias cosas de la organización, yo aprendí más de ellos por su día a día, por su trato, por su cotidianeidad, por sus palabras, por lo que me compartieron de ellos, no tanto de la organización.
Todos los días antes de que el
sol saliera, una voz baja y sutil me despertaba con un “compañera, ya es hora” y minutos después, ya en la cocina, el día
empezaba con pláticas entre Julia, Nayeli, Rocío y
Mariana. Mientras tomábamos
cafecito, molíamos el maíz, la masa, hacíamos tortillas y cocíamos frijol.
Lamenté inmensamente no entender
ni hablar el tsotsil ni el tzeltal, porque muchas cosas se hablaban
cotidianamente y de pocas me enteré, solo a veces cuando la risa brotaba, me
atrevía a interrumpir un poco para preguntar de qué hablaban. Por momentos, cuando
entendía algo vagamente, me atrevía tímidamente a decir palabra en tsotsil.
Julia cada que veía mi intento sonreía y reía diciendo en tzeltal, “ya ven, si entiende”. Algo parecido pasaba cuando desde el primer
día me vio entrándole a la molida del maíz y al intento de hacer tortillas
redonditas, de perdido con la prensa y no a mano.
Al estar listo el desayuno
llegaba Benjamín y todos nos sentábamos a comer frijoles de colores, tortillitas
recién hechas y café, algunos días fue té de limón para mí porque llegué con fiebre.
Admito que se me hacía extraño
que los hijos llegaran a desayunar más tarde, ya que nosotros nos habíamos levantado
de la mesa. No supe si era normal o era por mi presencia ahí. En realidad prácticamente
no conviví con ellos.
Por lo general, después de
desayunar, llegaba la hora de limpiar el frijol. Me sorprendí al descubrir que
los frijoles que llevaban de su milpa tenían una variedad de 7 colores
diferentes entre pintos y lisos, rosas, rojos, morados, lilas, aun entre vainas
de una misma rama.
También se preparaba la masa para
el pozol y a media mañana era la hora de beberlo.
Todo el tiempo “radio insurgente”
ambientaba las actividades. Ahí descubrí que los zapatistas tienen
permanentemente su propio horario, una o dos horas adelantado del resto del
país, del horario oficial “Porque los zapatistas tienen cosas que hacer más
temprano” me dijeron.
Me invitaron a deshierbar en la
milpa colectiva de cebollín. Me invitaron a deshierbar en la milpa de la
familia que estaba aún más retirada.
Si bien toda la estancia ahí ha
dejado huella, hubo dos momentos fortísimos, que fueron los que más me
marcaron.
Una tarde, mientras estudiaba en
el cuarto, llegaron de repente Mariana y Nayeli “anda, vamos a matar a la
gallina”. En ese momento pude sentir claramente como mi pulso se aceleró y como
en mi mente empezó a haber una lucha y discusión de pensamientos encontrados.
Sin embargo, no rechacé la invitación. Dejé mi libro sobre la cama y salí sin
titubear. Mientras caminábamos hacia la parte de atrás de la cocina, me
contaron que la iban a matar porque se había vuelto loca porque los perros se habían
comido los huevos que estaba empollando y la pobre andaba por todos lados corre
y corre buscándolos.
Nayeli agarro a la gallina roja
por el cuello y lo jaló 3 veces, la ingrata gallina se negaba a morir. La colgaron
de las patas de cabeza y no pude evitar reírme cuando en su desesperación
porque no se moría la gallina Nayeli le tapó los orificios del pico por donde
respira y yo entre risas le dije que también le tapara el pico. Creo que fue la
primera vez que nos reímos todas juntas y entendiendo el porqué. Cuando sacó la
olla con agua caliente le pregunté que si ahora la iba a ahogar para que ahora
si se muriera y entre risas me dijo, no ya ahora si está muerta pero hay que
desplumarla, así que vente. Y desde ese
punto me tocó ser parte del proceso. Desplumarla, cortarla, sacarle los órganos,
etc. Ese proceso y las bromas fueron el tema de conversación de la comida,
mientras comíamos caldo de gallina roja
loca, con sus respectivos pedazos… a mí me tocó el muslo. Admito que incluso
hasta el momento de comer, la reestructuración de mi posición de no comer
carne, las razones, los casos, los momentos y justificaciones, estuvieron
presentes. Mi estómago se tardó dos días en asimilarlo, tardó más que mi mente.
El otro momento fue el más
fuerte, íntimo y el que más agradezco.
Aquel día, Mariana se había ido a
platicar con la votán de la otra mujer que estaba en la comunidad. Yo me
había
quedado sentada en el pasto afuera de la cabaña donde dormíamos, a mi lado
Benjamín y Lucía. Veíamos el atardecer en silencio. De repente, por primera
vez, Benjamín me habló en castilla “¿y tú, ya habías venido a Chiapas antes?” y
ahí empezamos a hablar de aquel 1998 en que por primera vez llegue a San
Cristóbal a presentar aquella obra de “el banquete” y al día siguiente fuimos
al 1er aniversario de la masacre de Acteal y de lo que me había provocado a mi
ese primer viaje. Ahí me compartió que ellos eran de Acteal, que habían sido
parte de las Abejas y me contó su experiencia con la masacre, que si bien ellos
no vivían ya ahí, murieron parientes y compadres de ellos. Pero no lo contaba
desde un punto de vista victimista, sino desde otro punto, con templanza y como
dicen por ahí, con la conciencia de que a los muertos se les honra siguiendo en
la lucha. Aquella plática duró hasta que desapareció el sol y la falta de luz
impidió que siguiéramos viéndonos a los ojos. En ese atardecer sentí que se
formó un vínculo, como cuando sientes que un hilo de Ariadna aparece.
Después de eso, Benjamín me
hablaba más en castilla. Cuando salía de la cocina a fumar, él se acercaba a
hacerme compañía, a veces no decía nada, a veces me contaba cosas o a bromear.
La noche anterior a mi
partida, en la cena, Benjamín y Lucía me
dijeron que me iba a hacer falta mi risa y mi molida de maíz cuando me fuera. Yo
les dije que los echaría de menos y que me iba con ganas de conocerlos y
aprender más de ellos. Nos lamentamos por tener que seguir la regla de no poder
dejarles mis datos, ya que ellos van a San Cristóbal una vez al mes, más o
menos.
“Hay que dormir temprano para que
mañana desayunemos tranquilos,para podernos despedir tranquilamente”
fueron las últimas palabras de Benjamín antes de irse a dormir. Julia se había
ido más temprano porque había estado enferma de tos y le dijimos que se fuera a
descansar para que se pusiera buena.
A la mañana siguiente, preparamos
tortillas para llevar, me regalaron varios frijolitos aun en vaina, Benjamín me
regaló unas ramitas de arroz que me había enseñado a moler. Aunque tristes el
evocar la escena de la gallina y de mis primeros intentos por hacer tortilla
siguieron provocando la risa entre todos.
Poco tiempo después oímos la
llegada de la redila. Teníamos que movernos a las afueras de la escuela para la
ceremonia de despedida. Hacía frío y el cielo estaba nublado como cuando
llegue.
Llegamos a la explanada y
nuevamente hicimos honores a las banderas.
Nos dirigieron un mensaje de
despedida las autoridades de la comunidad, seguido por un mensaje de despedida
de nuestras familias. Yo, con la voz entrecortada y un nudo en la garganta, a
duras penas pude articular algunas palabras de agradecimiento.
Nuevamente me despedí de mano de
todos los miembros de la comunidad, pero al llegar a mi familia, fue un abrazo
con el que me despedí.
Nos subimos a la redila y esta
avanzó hasta la orilla del pueblo y se detuvo, para esperar a la caravana de redilas
que venían de comunidades más adentro.
Mientras esperábamos en la
redila, pasaron las familias de regreso a sus casas. Y cuando pasó mi familia,
nuevamente, desde arriba de la camioneta les extendí la mano para volver a
despedirme. Cuando se acercó Benjamín, me extendió la mano. Se dio media
vuelta, y cuando volvió a verme a los ojos nuevamente extendiéndome la mano,
ambos empezamos a llorar yo casi tartamudeando dije "gracias", él "cuídate".
Arrancó la redila, la caravana
había llegado…
Yo con eso me quedé. Llegando a
la Garrucha, no quería quedarme a la fiesta. Busqué regresarme lo más pronto a
San Cristóbal. Yo con eso me quedé, con la “experiencia” vivida con mi familia.
No quería fiesta… estaba llena… atravesada… con “eso que me pasó”…








