jueves, 31 de octubre de 2013

Recorriendo el laberíntico espacio ecosureño


Entrar a cualquier lado por primera vez, siempre resulta una experiencia compleja, llena de emociones encontradas, dudas, curiosidades, sorpresas, juicios, prejuicios, memorias corporales, evocación de tiempos pasados y situaciones similares. Cuando uno entra a un espacio recurrentemente, este tipo de primeras impresiones van cambiando, sin embargo, nunca es igual cada vez que ingresamos aunque lo volvamos una experiencia cotidiana y dejemos de reparar en lo que en una primera ocasión nos generó sorpresa. Por ello, el cambiar de punto de vista, adoptar un personaje diferente en la relación con el escenario, es como el ejercicio teatral. El actor siempre debe de entrar al escenario como si nunca hubiera estado ahí en esa precisa situación, el aquí y el ahora que tanto mencionaba  Stanislavski, basándose en preguntas como ¿Qué veo? ¿Cómo estoy? ¿Qué quiero? ¿Qué siento? ¿Cómo me encuentro? Y ello, aplica al entrar en ECOSUR como si fuera la primera vez, o como una nueva oportunidad de experimentar una primera vez.


No podría negar el que actualmente formo parte de esta “comunidad académica” y que es el escenario en el que me he estado desarrollando los últimos días, no podría dejar ajena la parte que se sabe parte de, por lo que el distanciamiento total resulta una opción estéril e innecesaria.
            
          Abro los ojos tras colocarme ese personaje, avanzo unos pasos más y un letrero de “bienvenido” aparece contradiciendo la presencia de guardias de seguridad que si no fuera por la cotidianeidad antes mencionada, me haría pasar por un proceso de registro e identificación y etiquetado antes de realmente poder entrar, lo cual se llevaría a cabo en un estrecho pasillo enrejado, diferente a si llegara en automóvil ya que para ello si hay alrededor de 4 metros disponibles y el proceso podría llevarse a cabo desde la comodidad de mi vehículo. ¿Acaso es la primera señal de aplicación de disciplina Foucaultiana?

            A tropezones, considerando la irregularidad de las piedras del camino, llego hacia el decolorado y mal diseñando mapa de ubicación y descripción de las instalaciones. Entrecerrando los ojos como intentando ver más allá o enfocar los espacios, se visualiza un extraño espiral cuadrado, por lo cual, siguiendo la imagen propuesta por la distorsión de mi vista, mi camino se dibuja como un camino en espiral delimitado por enrejado de alambre que busca esconderse entre troncos de pinos.

A los pocos metros, una barrera interna de arbustos altos, marcan una división que va deformando mi espiral. Camino hasta un espacio de entrada entre una pared de arbustos y una de tubos de PVC y descubro 7 invernaderos. Me acerco al primero, está abierto, pero una barrera invisible no me deja entrar, cual “Ángel exterminador” de Buñuel. Alcanzo a ver desde la entrada una especie de ejército de árboles, formados por tipos, amontonados en grupos cuadrados, después descubriría que en la mayoría de los invernaderos, a excepción de uno con maderos colgantes con bulbos de orquídeas, los árboles estarían agrupados así, por batallones.  Desde que nos enseñan a agrupar todo a los pocos años de nacidos, no podemos dejar de arrastrar ese patrón el resto de nuestras vidas. Tal vez diría Vigotsky que llegamos a Conceptos verdaderos.

A punto estuve de ingresar al primer invernadero para ver más de cerca ese batallón, cuando un señor a mis espaldas apareció con cara de ¿qué haces aquí? Mientras que articulaba un “¿te puedo ayudar en algo?” a lo que contesté que sólo estaba viendo, sonreí y di unos cuantos pasos hacia afuera. La mayoría de los invernaderos se encontraban abiertos, pero en todos, la sensación de impenetrabilidad, cual fuerza invisible dominaba ¿es el espacio en sí? ¿Es una preconcepción cultural personal? ¿Es la experiencia previa de sentirme sorprendida haciendo algo que al parecer no debería de estar haciendo? O ¿la territorialidad es algo tan perceptible inconscientemente?

Solo uno en uno de los invernaderos la curiosidad de entrar me llevó a superar la invisible pared. La invitación me llegó al ser guiada por una voz en tsotsil que empecé a escuchar desde dentro, pero al llegar descubrí que provienen de un viejo radio portátil. Me dirijo hacia la entrada con la esperanza de encontrar al oyente, pero no había tal. Sin embargo, una chamarra y la radio encendida, indican que no está lejos. Y con la sensación de estar haciendo una travesura o ingresando en un territorio prohibido con altas posibilidades de ser descubierta, entré. Era más amplio, profundo, cálido, olía a pino, repetía el patrón de orden de los arbolitos visto previamente, ambientado por la radio tsotsil, que me recordó que aún hay muchas clases que tomar y mucho que practicar para lograr entender la lengua totalmente. Salí sin ser descubierta y sin lograr la interacción con el guardián de aquel batallón arbolado, pero superando esa barrera invisible que me llenó de dudas.

Retomé el camino por el que había llegado a los invernaderos impenetrables. Llegando desde ahí, el patio central se impone de manera diferente. Haciendo memoria, solo el día de la “elotiza” he visto mejor y más aprovechado dicho espacio por la comunidad educativa. ¿Con qué finalidad fue diseñada o conservada esa área? ¿Por qué no la aprovechamos más? ¿Por qué en un ambiente de investigación y aprendizaje, un espacio tan amplio y abierto no parece tener utilidad alguna más que mera apreciación paisajística? ¿En realidad ha servido por lo menos para una apreciación estética o ni de eso tenemos o nos damos el tiempo los investigadores y estudiantes?

Paso de largo el edificio administrativo y al llegar al fondo de la unidad y virar a la izquierda del último edificio, soy sorprendida por la presencia de una guardia a la que solo atino en sonreír para no evidenciar mi sorpresa, a lo cual no obtuve respuesta. ¿Cuál es su función ahí? ¿Estaba cuidando que nadie se saltara la barda desde la parte de atrás? ¿Había algo por ahí que resguardar?

Con esas dudas llego hasta el edificio E e ingreso a la biblioteca. Mi bienvenida la dan un par de sensores superiores a mi estatura, no había humanos hasta que, de reojo alcancé a ver gente en la “jefatura” y en la sala de lectura ubicada a la derecha. Recorrí cada uno de los pasillos enmarcados por estantes metálicos. No me sorprende el silencio, creo que ha sido mi compañero en el recorrido, a excepción de la radio del invernadero. Me resultó interesante la distribución y contenidos de la biblioteca, a grandes rasgos resumida en: la mayoría de las revistas son en inglés y sobre ciencias de carácter natural por decirlo de alguna manera, de hecho, la bienvenida la dan las publicaciones en inglés del “Américan Journal of epidemiology” hay muy pocas sobre antropología, sociología, artes o ciencias sociales en sí; pese a que en el acervo cultural hay más libros sobre ciencias sociales, las artes prácticamente no están presentes y sigue dominando las ciencias naturales. Salgo de ahí, con la tarea de en otra ocasión darme tiempo de explorarla más a profundidad, por ejemplo descubrir a dónde llevan las escaleras internas.

Continúo hacia el edificio E de conservación de la biodiversidad. Ahí fue donde descubrí metafórica y literalmente la dinámica social del ser investigador. Ahí se puede evocar la imagen del luminati, ahí parecen habitar los seres místicos llamados profesores que parece dibujar Bordieu. Entrar en dicho edificio da una dominante sensación de entrar a donde no hemos sido invitados, nadie quiere ser visto, ni para ser nombrados, porque la oscuridad de los pasillos a veces impide el poder leer el nombre del habitante de cada cubículo. A lo largo de este laberíntico edificio la interacción humana parece ser la regla, no se oyen voces, las puertas están cerradas,  los cubículos son individuales, no hay manera de ver hacia adentro de los mismos por la ausencia de ventanas hacia el interior o porque estas están muy altas; hasta el maestro Xolo se ve tan solo en el altar de muertos que da la impresión de estar abandonado por la ausencia de elementos distribuidos en los dos pisos. A lo lejos alcanzo a oír voces, me dejo guiar por ellas y nuevamente me topo con una puerta cerrada, solo atino a suponer que la pasan bien porque hasta risas alcanzo a escuchar. Llego a unas escaleras y subo, nuevamente el escenario es el mismo, pero alcanzo a ver una puerta abierta, me acerco y es la oficina del asistente de coordinación en cuya puerta hay un letrero que dice “sonríe te estamos observando por nuestras cámaras escondidas”, ¿nuevamente la vigilancia jerárquica que nombró Foucault? Prefiero seguir explorando con la esperanza de que algo cambie. Descubro una puerta que me lleva a una terraza con buena vista, amueblada solo con un par de sillas y una mesa de jardín, como era de esperarse, está vacía. Aburrida del silencio, la individualidad, la oscuridad, las puertas cerradas y las paredes limitantes de espacios, salgo del edificio como si saliera de un calabozo de hechiceros. Ahí encuentro una especie de fuente o estanque, que al parecer está abandonado y aparece nuevamente la pregunta que surgió sobre el jardín central ¿esta fuente está aquí por mera estética? ¿Alguien aprovechará este elemento decorativo? ¿Alguien repara cotidianamente en él? Admito que el salir de aquel edificio me provocó un poco de encandilamiento y un impulso espontáneo de respirar profundamente. ¿La socialización entre investigadores genera distracción para el ejercicio de investigar? ¿por qué se ocultan y aíslan unos de otros? ¿De qué tienen miedo o qué ocultan? ¿Obligatoriamente el investigar es un ejercicio individual? ¿Cuál es la repercusión de ser visto en el espacio de personal?  ¿Cómo le harán los investigadores claustrofóbicos? O ¿es una condición prohibida actualmente para los investigadores? ¿Cuáles son las repercusiones psicológicas de dicho aislamiento? Si tomamos como referencia extrema el impacto físico y psicológico que produce en los reos el aislamiento, ¿qué de ello se podría visualizar en menor escala entre los investigadores de un centro de investigación como ECOSUR?

Retomo el espiral y me encuentro con el edificio mayormente ocupado por la cafetería, la cual, debido al horario aún se encuentra sola. No puedo dejar de observar que es uno de los pocos espacios utilizados para socializar, las ventanas si son abundantes y cuenta con espacios al aire libre para comer.
Intento ingresar por la parte posterior del edificio G pero un letrero de “Prohibido el paso a personas ajenas a esta sección” me lo impide. ¿Quién es ajeno y quien es propio a dicha sección? La falta de señalamientos no me hace saber si soy propia o ajena, aunque sé que es una zona de laboratorios ¿es un espacio al que el resto de los que a lo largo de nuestra formación como maestros no seremos invitados, principalmente los que no aplicamos experimentos en laboratorios?

El tiempo designado de una hora se agota, así que opto por dirigirme directamente al edificio A, dejando para el último el edificio de posgrado que suelo frecuentar más.

           Como era de esperarse, en el interior del edificio A también dominan las puertas cerradas, pero hay un par de excepciones y se oyen más voces, por lo que no domina el silencio. Los cubículos que tienen ventanas al interior del pasillo están tapadas con cortinas o incluso con cartulinas, aunque hay que reconocer que es un espacio bipolar, porque al exterior dichas oficinas tienen ventanas mucho más grandes, algunas de las cuales, solo algunas, dejan ver hacia adentro al investigador en cuestión que sacrifica su privacidad por tener un poco de luz natural, aunque ello a la vista de los paseantes, no pueda dejar de recordarnos algún zoológico de jaulas de vidrio al cual solo le falta el letrero de “favor de no alimentar al investigador” o “favor de no golpear el cristal, para no asustar o perturbar al investigador”.

Camino al edificio de posgrado, me reencuentro con el estanque y saludo a los peses anaranjados que suelen estar ahí, el agua cada vez está más sucia. Ingreso al edificio y curiosamente los salones están abiertos, pero vacíos, pero no puedo evitar hacer memoria y recordar que la mayoría de las veces las aulas se cierran tras ingresar el profesor, como en cualquier sistema educativo en el que hayamos estado. ¿Acaso nos entrenarán gradualmente para repetir el patrón del resto de los espacios de investigación? Porque, si bien es cierto que en las aulas hay una mayor interacción social, la fragmentación entre espacios de aprendizaje si se va marcando. Hay que recordar que existen aulas en las que la poca inscripción de alumnos al curso provocan que se este se lleve a cabo en espacios muy reducidos.

Un momento de silencio y, aparte del cúmulo de preguntas que me han surgido en el camino, surgen un una pregunta más, ¿Cuál ha sido mi papel y desarrollo desde que llegué aquí? Y, por otro lado, una última reflexión, ECOSUR per se es una comunidad educativa y centro de investigación complejo que podría ser fuente de investigaciones desde diversas áreas como el arte, la administración, la psicología, la biología, la agronomía, la sociología, la pedagogía, la antropología, las comunicaciones, entre otras, y así mismo, meramente con libreta en mano y con varias interacciones en el camino.


El tiempo había terminado ¿cómo negar que fue impuesto como una regla del juego?, había que regresar al salón. Todo el equipo de estudiantes, libreta en mano, ingresa, los profesores también y por último, se cierra una puerta más, la de nuestra aula.  

jueves, 10 de octubre de 2013

Recorriendo mi nuevo entorno....




















 Reserva ecológica del Cerro del Huitepec


El cerro del Huitepec, en presencia, es un arcoíris de posibilidades y realidades, que incluyen  una amplia gama de casos y muestras de lo que es la interacción del hombre con la naturaleza, así como incluso una gama de dinámicas sociales. Podríamos decir que el recorre dicho cerro, podía darnos una muestra de la diversidad biológica, cultural y social que representa nuestro país.
El primer recorrido hacia el Huitepec, empezó a darnos señales desde antes de llegar. A lo largo del camino, se podían observar contrastes sociales marcados, casas grandes, en grandes terrenos, con mucha infraestructura, junto a tejabanes pequeños con patios usados para la cría de aves de corral e incluso pequeñas milpas.


Al descender del vehículo, empezó la otra experiencia sensorial. El olor a tierra mojada se fue mezclando con una gama de olores diversos, humedad, vegetación, variedades de hojas regalaban su aroma con una pequeña caricia que se les diera. También la sinfonía auditiva fue parte de, predominaba el sonido del río y de las gotas de los árboles golpeando las hojas de los árboles, o incluso nuestra propia piel, pero en la composición también se agregaron diversos cantos de aves, así como el sonido de sus alas al trasladarse de un lugar a otro. Y la vista, esa que siembre nos hace olvidar a los otros sentidos, esa a la que damos prioridad, también se dejó invadir por la exuberancia del entorno, por la sensación de empequeñecer ante la presencia de árboles tan inmensos, por la contemplación de una variedad de hongos que recibían a la lluvia gustosos y de flores de frijol y otras de azul intenso. 

El sentido del gusto tuvo que ser contenido, mi ignorancia personal me impidió el poder experimentar sabores, pero ya habrá tiempo de conocer un poco más a los habitantes de este bosque.


La presencia humana no estuvo ausente en este paisaje dinámico, primero, unos ojos inmensos dibujados en un retablo de madera, nos recordaba que los guardianes de esa reserva comunitaria eran los zapatistas, lo cual poco después se reiteró con la aparición de una pequeña capilla construida en 1937 y en cuyas escaleras un letrero anunciaba “Territorio EZLN”.


Sí, no hay que ser ciegos, ¿por qué habríamos de serlo? En el camino también se pudieron ver troncos cortados a machetazo limpio. Pero por qué no admitir también lo hermoso y deliciosos que se veían  los sembradíos de calabaza, con sus flores amarillo intenso que estimulaban las glándulas salivales, o qué tal las mazorcas con sus pelos alborotados y teñidos en colores violetas, o las hojas de lechuga verde-moradas. Y si, como pincelada humana, también entraron en el paisaje un par de estanques artificiales para captar agua. Y en el nacimiento de un pozo de agua, la presencia de una cruz ¿Será este uno de los sitios sagrados de los que nos han hablado? ¿Esos en los que cada 3 de mayo hay fiesta y ceremonias?


Y si, no hay que olvidar a la ranita que se escondía bajo las hierbas caídas y nuestros pies, mientras nos detuvimos a dialogar y reflexionar en torno a si debían o no existir áreas naturales sin la presencia del ser humano. Pero vamos, hay de humanos a humanos ¿no es así? Hay que partir de eso, porque no es lo mismo una comunidad campesina, indígena o no, que convive con su entorno, modificándolo si, pero provocando una sustitución de especies por otras, que deja descansar la tierra, que sabe reconocer los sitios sagrados, que tiene una valoración y cosmovisión diferente sobre la naturaleza y que se sabe parte de ella. A diferencia de representantes o trabajadores de empresas nacionales o transnacionales que arrancan de raíz lo existente, que le ven signo de pesos a la madre naturaleza, que se sienten dueños y explotadores de ella, superiores y ajenos a la misma.

Muestra de ello, la presencia de Coca Cola en el cerro del Huitepec, que extrae el agua de los manantiales para producir su pócima negra, y de otros colores variados. Y considerando que el agua es uno de los principales conflictos de los habitantes de las cercanías e interiores del cerro, muestra nuevamente de lo que se repite en diversas partes del país, y del mundo.

En la segunda visita que hicimos al Huitepec, pudimos analizar la dinámica de interrelación entre el humano y la naturaleza de otra manera, desde otro punto, tanto geográfico, como de vista.


En esta ocasión llegamos cerca de la reserva que es propiedad de Pronatura. A lo largo del camino, pudimos ir sospechando por dónde iría en esta ocasión la reflexión, ya que el camino para llegar a la cima, realmente era un paisaje completamente diferente.

A lo largo del camino al que se llega por San Felipe, existían milpas abundantes con siembra de maíz. Lo extraño fueron las montañas de cáscara de coco que se veían a la entrada de varios de los terrenos, así como el letrero de venta de terrenos dentro y fuera de la zona.


El segundo encuentro que provoca encuentro de emociones y culpabilidad, fue el descubrir en la cima del cerro la antena de Tv Azteca, dueño de muchas cosas en San Cristóbal, custodiado por un par de perros que de haber estado abierta la reja no hubiéramos salido ilesos. Lo cual es muy simbólico y metafórico. Y la culpa va, como bien lo señaló el Profesor, en el sentido de que somos usuarios de internet y celular, por lo cual, esa antena ahí, también es responsabilidad de nosotros.


Y bien, siendo más optimistas, en realidad esos límites hasta los que pudimos llegar de la reserva de Pronatura, si se podía observar lo que se considera un área natural conservada, y desde ese punto, pudimos observar el por qué se le denomina bosque de niebla, ya que vimos el transitar de varias nubes que por momentos parecía que se escurrían por los bordes de las montañas y los árboles. Sin embargo, de acuerdo con lo que nos compartió el Profesor Vázquez, dentro de esa zona no hay mucha arborescencia. Aunque personalmente la presencia de árboles tan altos y vegetación tan abundante me resulta impactante, al igual que la presencia de flores de frijol que me ahorraron unos $10 de compras en el mercado.


Y de ahí, en descenso, el recorrido adquiere otro sentido. A lo largo de las diversas paradas que hicimos, se pudieron observar los diversos mosaicos que marcan una huella diferente del ser humano. En un primer tramo, el camino estaba habitado por comunidades rurales que bajo diversos métodos de siembra producen maíz, flores, frijol, guineos, calabaza, chile, leña, aguacate, entre los que pudimos observar. Del mismo modo, la mayoría de las casas contaban  con huerto en el traspatio, que normalmente lo emplean para hierbas aromáticas, medicinales y para condimento, así como áreas aledañas a las casas destinadas a la crianza de gallinas.



Levantando la mirada, viendo hacia los cerros que nos rodeaban, no puede uno negar la sorpresa al ver la manera en que en pendientes muy inclinadas, los pobladores seguían sembrando sin que ello representara un derrumbe o pérdida de cosecha. Podríamos sospechar que la presencia de cierto tipo de árboles ayuda a ello y no creo que ello sea algo al azar.


Este primer tramo es una muestra del manejo tradicional que hacen las comunidades campesinas de nuestro país, y esta zona, se encuentra colindando con la reserva perteneciente a Pronatura, por lo cual está fuertemente conectada a la misma.

Entre tramo y tramo, el tipo de habitante e interacción con el entorno se iba modificando. Conforme bajábamos del cerro, el tipo de casas se iban tornando en construcciones con más infraestructura, mayor acceso a servicios públicos y los sistemas de producción iban modificándose a otros con mayor tecnología de por medio, como es el caso de los invernaderos.

Y así, fuimos descendiendo, hasta llegar a la “mancha urbana”, que en el caso de San Cristóbal de las Casas, también en este sentido, tiene muchas peculiaridades, ya que pese a ser considerada una ciudad, en innegable que al recorrer con la vista de extremo a extremo, hay muchas islas de vegetación distribuidas en todo el territorio. Sería un error inmenso el ignorar las zonas urbanas como parte de los corredores biológicos, porque es evidente la interrelación que existe en cada una de estas zonas y la influencia de unas hacia otras.



Y para cerrar el recorrido, nada como mirar desde el cerrito la ciudad, con toda su complejidad y completud, con toda su diversidad y con todos esos hilos invisibles que conectan a los elementos que la conforman, con las personas y zonas que pocos minutos antes vimos que han dado unas peculiares pinceladas al paisaje, cual artistas de la tierra.

El Encuentro


Al oriente de San Cristóbal de las Casas, camino al Parque el Encuentro, recorrimos un poco de lo que algunos llaman la Ruta de los Molinos, ya que brevemente visualizamos lo que de los siglos XVII a XIX fueron molinos de trigo, lo que nos sembró la duda con respecto a esa tendencia a la acumulación y conservación, así como de los conflictos de propiedad y manejo que puede haber no solo entorno a la naturaleza, sino también aplicado a las construcciones históricas.



Finalmente tras pasar el río fogótico de corriente crecida por las recientes lluvias, así como las rústicas represas que dirigen y controlan su cauce, llegamos a un desgastado portón de madera apenas cerrado con un alambre retorcido, en cuyo extremo, un par de tablas de madera portaban las leyendas: “Parque Encuentro, Bienvenidos, Santuario de árboles, aves y piedras” y “Acceso adultos $5.00, niños menores de 10 años $2.00, abierto de 10 a 18 H”.


Volteo a ver la hora y eran las 12:03 h. sin embargo, la barda estaba cerrada. Tras des torcer el alambre, me integré al trío de violadores de la ley que osábamos ingresar a propiedad privada sin permiso alguno, y sin que un alambre nos detuviera.


Fue breve el recorrido, solo pudimos llegar a la zona en la que se encontraban unas cabañas, un área desmontada como para acampar, y algunos juegos para niños, del estilo que se suelen poner en los parques públicos. Ahí, nos recibieron un par de perros que a ladridos buscaron espantar a los intrusos, es decir a nosotros, pero bastó el hablarles bonito para que movieran la cola y fueran más un guía que un guardián del territorio.

El parque, como bien lo decían algunos letreros en el camino de piedra hacia las cabañas, es propiedad privada, es un terreno de muchas hectáreas, en el cual, como estrategia de reforestación se han plantado especies exóticas y en el que para mantener su verdor, han llenado de pasto.

Esta zona ha sido destinada por un particular para su conservación, pero en la plática durante la intromisión que tuvimos, surge la pregunta, ¿en realidad el dueño quiere conservarla como una manera de preservar la naturaleza? O ¿Será en realidad es una estrategia para defender su territorio y que en cualquier momento, el mismo puede especular sobre el incremento del valor del terreno y venderlo al mejor postor, sin importar el uso que este pueda darle a la zona? ¿Es la privatización de las áreas naturales una estrategia efectiva? Solo el tiempo nos lo dirá, porque nadie, a parte del par de perros, salió a nuestro encuentro.

Desandamos nuestros pasos salimos por donde entramos y volvimos a torcer el alambre de alta seguridad que resguardaba, junto con los “fieros” perros, la seguridad del parque.
   
Los humedales


            Para finalizar el recorrido de la primera práctica de campo, nos dirigimos hacia la carretera panamericana, unos cuantos kilómetros antes de llegar al Colegio de la Frontera Sur. Ahí, llegamos a la zona de humedales, justo al lado del “Parque de los humedales” el cual como es clásico en este patrón de proyectos estatales de recreación y “conservación” destruyó un humedal natural para crear un humedal artificial, con el objetivo de preservar especies típicas de este tipo de ecosistemas de la región.


            Pero al lado de dicho parque, existe aún una zona de humedales naturales que son propiedad privada, los cuales están delimitados por un enrejado de alambre, justo al lado de una plancha de cemento en el que había varios camiones tipo pipas de agua y un taller de hojalatería y pintura.

            San Cristóbal tiene diversas zonas de humedales, es de las pocas ciudades del país que tienen dicho privilegio, pero ello también implica muchos conflictos de intereses. Analizando las problemáticas que giran en torno a dicho ecosistema, en caso de que estos sean propiedades, ¿cómo hacer que los dueños prefieran la preservación de dichas zonas por sobre sus intereses económicos personales? ¿Con qué derecho se le expropiaría a cualquier persona una propiedad para simplemente el beneficio de otros? Que si bien es un bien común, también es un bien privado.

            Por otro lado, el ubicarse al lado de una zona de extracción de arena, representa un gran riesgo para los mismos, ya que, de acuerdo a lo que nuestro guía, el profesor Vázquez,  nos comentó, por debajo de la carretera, puede haber derrumbes que acaben infiltrándose hasta cubrir y secarlos.


            Como podemos observar, no es fácil el encontrar soluciones, ya que detrás hay muchos intereses públicos y privados, pero mientras se decide, podría estar en un equilibrio precario la existencia de los humedales de esa parte de la ciudad.

Reserva ecológica La Kisst



            Yendo por la carretera Comitán de Domínguez, antes de cambiar de nombre a Juan Sabines, a unos cuantos pasos de la laguna de Chapultepec, se encuentra la reserva ecológica “la Kisst” conformada por humedales.

            A nuestra llegada, fuimos recibidos por el Ing. Mayorga, quién nos regaló una explicación e historia en torno a “la Kisst” y el proceso de cómo llega el agua a las casas de San Cristóbal de las casas. Fue un recorrido verbal curioso, ya que inició con una descripción en torno a políticas y leyes, corrupción y conflictos comunitarios y acabó explicándonos la cosmogonía que hace que diversas comunidades indígenas locales vean los manantiales como centros ceremoniales, así como mostrándonos mapas de la ciudad cuyas coordenadas de ubicación de sitios sagrados forma pentágonos que justifican el que sea visto como un centro de poder.


            En 1991 surge como organismo descentralizado el Departamento de ecología y conservación del Medio Ambiente al cual pertenece la SAPAM (Secretaría de Agua Potable y Alcantarillado Municipal). A partir de ahí, pasa por varios procesos de apropiación jurídica legal de los manantiales de la zona para que el agua de estos pueda beneficiar a la comunidad, es decir, se tornen en uso público.

            
           La Kisst pertenecía anteriormente a una familia, que ahí tenía una fábrica de refrescos. Con ellos se llegó a un acuerdo para poder adquirir la zona, les ofrecieron que por 20 años, la familia no pagaría ni agua, ni servicio de drenaje. Dicho plazo ya se cumplió, y actualmente, la SAPAM se ha amparado con el artículo 27 para no perder la reserva y del mismo modo, ha buscado llegar a acuerdos con los anteriores dueños.


           
           Con respecto al área destinada a la distribución de agua para el municipio, nos comentó que la SAPAM cuenta con 29 depósitos de agua para abastecer de agua a la ciudad. Del mismo modo, nos comentó que actualmente, lo máximo que pueden hacer para el saneamiento de las aguas es el clorarla. Por otro lado, también son los responsables del saneamiento de los ríos. Sin embargo Mayorga está consciente de que falta mucho para poder hacer llegar agua realmente potable a los hogares, así como para realmente reducir al máximo las descargas de deshechos que salen de la ciudad hacia  el túnel del sumidero de Santa Marta. El principal problema para que esto se pueda llevar a cabo es la falta de recursos. La Secretaría ha pasado por muchos momentos de crisis económicas en los que incluso la posibilidad de privatizarlo, a lo cual los usuarios se resistieron, ya que ello obligatoriamente generaría un incremento de precios.






            Otro dato alarmante que nos compartió Mayorga, fue que en el municipio, al igual que en la mayor parte del país, se desperdicia el 40%  del agua a causa de fugas. Y a eso, hay que sumarle el desperdicio que hace la gente.

            Después de asolearnos un poco en la entrada de la Kisst escuchando a Mayorga, este nos dio un recorrido por la reserva. Pasamos al lado de un río en el que pudimos ver carpas asiáticas, mismas a las que se les responsabiliza de comerse al Popoyote, especie de pez endémico de la zona.

            Del mismo modo, nos dio un recorrido por los diversos manantiales y ríos que comprende la Kisst, así como por las zonas en las que se encuentra la maquinaria necesaria que bombea el agua hasta nuestras casas y la de la mayoría de los habitantes de San Cristóbal.


             Casi para terminar, la charla se fue orientando hacia lo social. Existen actualmente varias asociaciones civiles enfocados a la defensa y conservación de la región como el Comité de Cuencas, Alianza Cívica, Pronatura y Cocosur, este último es el aliado más importante con el que cuentan, ya que es una organización de custodios sociales de base, conformado por comités de barrios que cuidan los cerros y los cuerpos de agua que en ellos se encuentran, lo integran más de 60 grupos comunitarios.

            Ese fue el primer paso para que de lo social la plática se dirigiera a lo espiritual. Dichos protectores o guardianes, detectan lugares sagrados, incluidos aquellos que tienen su núcleo en zonas arqueológicas y manantiales. En ese momento, Mayorga sacó sus planos de San Cristóbal y nos mostró la ubicación de dichos lugares sagrados y como estos tienen coordenadas astronómicas que al unir los puntos forman pentágonos intercalados y estrellas y pese a que esa parte de la conversación fue muy breve, nos dejó con el suspenso de que se pudiera profundizar más en dicha cosmogonía. Y ahí, al lado de las 3 cruces que señalaban uno de las coordenadas del mapa recién observado,  emprendimos el camino hacia la salida.

            
            Personalmente, aparte de las ganas de saber más sobre el último tema, me despertó la expectativa hacia mi próximo cumpleaños, el 3 de mayo del siguiente año, buscaré celebrarlo al lado de alguno de los grupos que en esa misma fecha recorren las diversas cruces que han ubicado en la ciudad.

Mercado Público Municipal "José Castillo Tielemans"


            Uno de los lugares que más disfruto desde que llegue a vivir a San Cristóbal, es el mercado público, porque, si bien, en la Ciudad de México me tocó que cada colonia tenía su mercado, el vivir tantos años en Monterrey, me hizo valorar lo perdido, ya que en dicha ciudad, son mínimos los mercados que hay, ya que se promueve más el consumo en grandes cadenas de supermercados, por lo que me tenía que dar a la labor de ir persiguiendo los mercados ambulantes, al punto de crear un directorio virtual con día, hora y ubicación de estos en el área metropolitana.

            Por ello, es un placer el tener tan cerca un mercado y más con las características del mercado público municipal “José Castillo Tielemans”.            


            He de admitir que ir con libreta y cámara en mano me resultó un poco impráctico y extra cotidiano, ya que no es algo que acostumbre hacer, y si bien, la fotografía es una práctica cotidiana en mi vida, el fotografiar gente no nunca ha sido mi principal interés, sobre todo porque no soy muy asidua a dejarme fotografiar y empatizo con las personas de cualquier lugar que no permiten que les tomen fotos. Por otro lado, la libreta en mano, me hizo sentir como si se me hubiera puesto una etiqueta de “estudiante de antropología” en la frente. Y curioso fue que hasta las “doñitas” que normalmente me atienden, cambiaron un tanto su trato hacia mí por portar esos elementos dentro de mi vestuario, como parte de un personaje que normalmente no porto.


            Pero bueno, cambiar el switch y adoptar otra postura o visión.       Lo principal era conocer un poco de las redes de comercio que ahí se generan entre los  productores, los intermediarios y los consumidores. Sobre esto, tras platicar con varias “doñitas”, pude descubrir que pocos de los que venden ahí son productores directos, la mayoría compran en Mercaltos, o esperan a ser los primeros que lleguen a abastecerse de los camiones de redilas casi al tiempo en que el sol empieza a salir. La mayoría de los intermediarios no supieron responderme el lugar de origen de los productos que vendían, pero algunos me confirmaron que no todo era de la región, incluso venía de otros estados. Por otro lado, en San Cristóbal existe una dinámica de acomodo en los mercados muy diferente, originalmente la costumbre es la venta en el suelo, directamente a la entrada de las construcciones de concreto, por eso el mercado del norte ha tenido tan poca aceptación por parte de los vendedores, porque en su mayoría son construcciones de concreto como en un mercado de ciudad y la gente aquí prefiere vender en construcciones hechizas de lámina y madera, los que tienen mayor presupuesto, o directamente en las banquetas a ras de suelo. Tras entender un tanto superficialmente dicha dinámica de comercio que se lleva a cabo en los mercados, me dejé llevar por otros sentidos, por la curiosidad y por la sorpresa.          
           
                 Como siempre, la vista es la que domina, y es imposible no vincularla con el estómago en un lugar así, y es la amplia gama de productos, no necesariamente de producción “orgánica” o “local”, pero eso no demerita el agradecer poder ver tantos colores de frijoles y de granos de maíz, la variedad de flores de ornato y comestibles como la flor de calabaza o la flor de frijol, lo apetitosas que resultan a la vista y al gusto las tortillas realmente de maíz y no de maseca que ofrecen las señoras a $10 la docena, las setas y los champiñones tan económicos, y si bien los hongos anaranjados de tallo largo se dieron poco porque “no han caído bien las lluvias”, tuve el privilegio de alcanzar a probarlos. Por otro lado, lo que en otros lugares representa un lujo como lo es el comer moras, zarzamoras y fresas, aquí uno se puede dar el gusto de hasta preparar mermeladas variadas con estas frutillas por $10 o $20.



            En otro sentido, siendo una aficionada de la herbolaria, el ir al mercado también ha ampliado mis opciones de “medicamentos naturales” y en otras ocasiones, con más tiempo y una cámara y libreta menos, dos señoras me han pasado recetas para la gripe o para la tos o incluso me han explicado para qué sirven frutas tan raras como el “noni” que es bueno para la diabetes y el cáncer.    
Admito que, por no ser carnívora, no me había dado la oportunidad de conocer la nave central del mercado, y que si bien fui con cierto recelo y con preparación psicológica previa, fueron pocas las imágenes impactantes que me tocó presenciar, y a cambio de ello, pude enterarme de que el 23 y 24 de septiembre habrá fiesta en el mercado porque es la fiesta de la virgen de la Merced, la patrona de los mercados. Por ello, varios de los puestos tenían velas y flores, porque iba a pasar el párroco a bendecirlos.

            En la misma nave descubrimos un nuevo puesto en el que venden café de productores comitecos a bajo costo, $20 el cuarto de kilo.

            Abriendo el círculo del recorrido, nos dirigimos a la zona en la que se encuentran a la venta las aves de corral, ahí el huevo de guajolote estaba a $6 y el de gallina de rancho a $4 cada uno, el doble que el huevo “San Marcos” pero con ¡ah que diferente saben! Y a pasos antes de salir del pasillo, un guajolote enorme con piel azulada me lanzó una mirada de auxilio que no pude atender.
            Caminamos un poco por los alrededores del mercado, en medio de un bombardeo de música estridente con ritmos tan variados que iban desde las rancheras, pasando por el reggaetón  y llegando a las canciones infantiles. El camino lleno de piratería casera y de productos “made in China”.


            Una larga cuadra después de esquivar carros, gente y puestos de “fayuca” por fin, llegamos a la calle de los puercos, había gente en la banqueta con alrededor de 20 puerquitos de no más de 3 meses de edad, todos agotados y dormidos hechos bola unos contra otros. Resulta que en este caso, los vendedores si son los que crían a los puercos en sus ranchos, “allá, a las afueras, lejos de aquí” nos dijo un niño que tenía una puerquita de 5 años, que esa servía para que creciera y tuviera otros puerquitos.

            El tiempo se acababa, nunca antes con tanta prisa había recorrido el mercado, pero sirvió de mucho, como para permitirme descubrir lugares nuevos dentro y a los alrededores del mercado. Nunca se termina uno de sorprender y nunca dejamos de aprender. Por lo pronto, a esperar el 23 y 24 para asistir a la fiesta de la patrona.