jueves, 31 de octubre de 2013

Recorriendo el laberíntico espacio ecosureño


Entrar a cualquier lado por primera vez, siempre resulta una experiencia compleja, llena de emociones encontradas, dudas, curiosidades, sorpresas, juicios, prejuicios, memorias corporales, evocación de tiempos pasados y situaciones similares. Cuando uno entra a un espacio recurrentemente, este tipo de primeras impresiones van cambiando, sin embargo, nunca es igual cada vez que ingresamos aunque lo volvamos una experiencia cotidiana y dejemos de reparar en lo que en una primera ocasión nos generó sorpresa. Por ello, el cambiar de punto de vista, adoptar un personaje diferente en la relación con el escenario, es como el ejercicio teatral. El actor siempre debe de entrar al escenario como si nunca hubiera estado ahí en esa precisa situación, el aquí y el ahora que tanto mencionaba  Stanislavski, basándose en preguntas como ¿Qué veo? ¿Cómo estoy? ¿Qué quiero? ¿Qué siento? ¿Cómo me encuentro? Y ello, aplica al entrar en ECOSUR como si fuera la primera vez, o como una nueva oportunidad de experimentar una primera vez.


No podría negar el que actualmente formo parte de esta “comunidad académica” y que es el escenario en el que me he estado desarrollando los últimos días, no podría dejar ajena la parte que se sabe parte de, por lo que el distanciamiento total resulta una opción estéril e innecesaria.
            
          Abro los ojos tras colocarme ese personaje, avanzo unos pasos más y un letrero de “bienvenido” aparece contradiciendo la presencia de guardias de seguridad que si no fuera por la cotidianeidad antes mencionada, me haría pasar por un proceso de registro e identificación y etiquetado antes de realmente poder entrar, lo cual se llevaría a cabo en un estrecho pasillo enrejado, diferente a si llegara en automóvil ya que para ello si hay alrededor de 4 metros disponibles y el proceso podría llevarse a cabo desde la comodidad de mi vehículo. ¿Acaso es la primera señal de aplicación de disciplina Foucaultiana?

            A tropezones, considerando la irregularidad de las piedras del camino, llego hacia el decolorado y mal diseñando mapa de ubicación y descripción de las instalaciones. Entrecerrando los ojos como intentando ver más allá o enfocar los espacios, se visualiza un extraño espiral cuadrado, por lo cual, siguiendo la imagen propuesta por la distorsión de mi vista, mi camino se dibuja como un camino en espiral delimitado por enrejado de alambre que busca esconderse entre troncos de pinos.

A los pocos metros, una barrera interna de arbustos altos, marcan una división que va deformando mi espiral. Camino hasta un espacio de entrada entre una pared de arbustos y una de tubos de PVC y descubro 7 invernaderos. Me acerco al primero, está abierto, pero una barrera invisible no me deja entrar, cual “Ángel exterminador” de Buñuel. Alcanzo a ver desde la entrada una especie de ejército de árboles, formados por tipos, amontonados en grupos cuadrados, después descubriría que en la mayoría de los invernaderos, a excepción de uno con maderos colgantes con bulbos de orquídeas, los árboles estarían agrupados así, por batallones.  Desde que nos enseñan a agrupar todo a los pocos años de nacidos, no podemos dejar de arrastrar ese patrón el resto de nuestras vidas. Tal vez diría Vigotsky que llegamos a Conceptos verdaderos.

A punto estuve de ingresar al primer invernadero para ver más de cerca ese batallón, cuando un señor a mis espaldas apareció con cara de ¿qué haces aquí? Mientras que articulaba un “¿te puedo ayudar en algo?” a lo que contesté que sólo estaba viendo, sonreí y di unos cuantos pasos hacia afuera. La mayoría de los invernaderos se encontraban abiertos, pero en todos, la sensación de impenetrabilidad, cual fuerza invisible dominaba ¿es el espacio en sí? ¿Es una preconcepción cultural personal? ¿Es la experiencia previa de sentirme sorprendida haciendo algo que al parecer no debería de estar haciendo? O ¿la territorialidad es algo tan perceptible inconscientemente?

Solo uno en uno de los invernaderos la curiosidad de entrar me llevó a superar la invisible pared. La invitación me llegó al ser guiada por una voz en tsotsil que empecé a escuchar desde dentro, pero al llegar descubrí que provienen de un viejo radio portátil. Me dirijo hacia la entrada con la esperanza de encontrar al oyente, pero no había tal. Sin embargo, una chamarra y la radio encendida, indican que no está lejos. Y con la sensación de estar haciendo una travesura o ingresando en un territorio prohibido con altas posibilidades de ser descubierta, entré. Era más amplio, profundo, cálido, olía a pino, repetía el patrón de orden de los arbolitos visto previamente, ambientado por la radio tsotsil, que me recordó que aún hay muchas clases que tomar y mucho que practicar para lograr entender la lengua totalmente. Salí sin ser descubierta y sin lograr la interacción con el guardián de aquel batallón arbolado, pero superando esa barrera invisible que me llenó de dudas.

Retomé el camino por el que había llegado a los invernaderos impenetrables. Llegando desde ahí, el patio central se impone de manera diferente. Haciendo memoria, solo el día de la “elotiza” he visto mejor y más aprovechado dicho espacio por la comunidad educativa. ¿Con qué finalidad fue diseñada o conservada esa área? ¿Por qué no la aprovechamos más? ¿Por qué en un ambiente de investigación y aprendizaje, un espacio tan amplio y abierto no parece tener utilidad alguna más que mera apreciación paisajística? ¿En realidad ha servido por lo menos para una apreciación estética o ni de eso tenemos o nos damos el tiempo los investigadores y estudiantes?

Paso de largo el edificio administrativo y al llegar al fondo de la unidad y virar a la izquierda del último edificio, soy sorprendida por la presencia de una guardia a la que solo atino en sonreír para no evidenciar mi sorpresa, a lo cual no obtuve respuesta. ¿Cuál es su función ahí? ¿Estaba cuidando que nadie se saltara la barda desde la parte de atrás? ¿Había algo por ahí que resguardar?

Con esas dudas llego hasta el edificio E e ingreso a la biblioteca. Mi bienvenida la dan un par de sensores superiores a mi estatura, no había humanos hasta que, de reojo alcancé a ver gente en la “jefatura” y en la sala de lectura ubicada a la derecha. Recorrí cada uno de los pasillos enmarcados por estantes metálicos. No me sorprende el silencio, creo que ha sido mi compañero en el recorrido, a excepción de la radio del invernadero. Me resultó interesante la distribución y contenidos de la biblioteca, a grandes rasgos resumida en: la mayoría de las revistas son en inglés y sobre ciencias de carácter natural por decirlo de alguna manera, de hecho, la bienvenida la dan las publicaciones en inglés del “Américan Journal of epidemiology” hay muy pocas sobre antropología, sociología, artes o ciencias sociales en sí; pese a que en el acervo cultural hay más libros sobre ciencias sociales, las artes prácticamente no están presentes y sigue dominando las ciencias naturales. Salgo de ahí, con la tarea de en otra ocasión darme tiempo de explorarla más a profundidad, por ejemplo descubrir a dónde llevan las escaleras internas.

Continúo hacia el edificio E de conservación de la biodiversidad. Ahí fue donde descubrí metafórica y literalmente la dinámica social del ser investigador. Ahí se puede evocar la imagen del luminati, ahí parecen habitar los seres místicos llamados profesores que parece dibujar Bordieu. Entrar en dicho edificio da una dominante sensación de entrar a donde no hemos sido invitados, nadie quiere ser visto, ni para ser nombrados, porque la oscuridad de los pasillos a veces impide el poder leer el nombre del habitante de cada cubículo. A lo largo de este laberíntico edificio la interacción humana parece ser la regla, no se oyen voces, las puertas están cerradas,  los cubículos son individuales, no hay manera de ver hacia adentro de los mismos por la ausencia de ventanas hacia el interior o porque estas están muy altas; hasta el maestro Xolo se ve tan solo en el altar de muertos que da la impresión de estar abandonado por la ausencia de elementos distribuidos en los dos pisos. A lo lejos alcanzo a oír voces, me dejo guiar por ellas y nuevamente me topo con una puerta cerrada, solo atino a suponer que la pasan bien porque hasta risas alcanzo a escuchar. Llego a unas escaleras y subo, nuevamente el escenario es el mismo, pero alcanzo a ver una puerta abierta, me acerco y es la oficina del asistente de coordinación en cuya puerta hay un letrero que dice “sonríe te estamos observando por nuestras cámaras escondidas”, ¿nuevamente la vigilancia jerárquica que nombró Foucault? Prefiero seguir explorando con la esperanza de que algo cambie. Descubro una puerta que me lleva a una terraza con buena vista, amueblada solo con un par de sillas y una mesa de jardín, como era de esperarse, está vacía. Aburrida del silencio, la individualidad, la oscuridad, las puertas cerradas y las paredes limitantes de espacios, salgo del edificio como si saliera de un calabozo de hechiceros. Ahí encuentro una especie de fuente o estanque, que al parecer está abandonado y aparece nuevamente la pregunta que surgió sobre el jardín central ¿esta fuente está aquí por mera estética? ¿Alguien aprovechará este elemento decorativo? ¿Alguien repara cotidianamente en él? Admito que el salir de aquel edificio me provocó un poco de encandilamiento y un impulso espontáneo de respirar profundamente. ¿La socialización entre investigadores genera distracción para el ejercicio de investigar? ¿por qué se ocultan y aíslan unos de otros? ¿De qué tienen miedo o qué ocultan? ¿Obligatoriamente el investigar es un ejercicio individual? ¿Cuál es la repercusión de ser visto en el espacio de personal?  ¿Cómo le harán los investigadores claustrofóbicos? O ¿es una condición prohibida actualmente para los investigadores? ¿Cuáles son las repercusiones psicológicas de dicho aislamiento? Si tomamos como referencia extrema el impacto físico y psicológico que produce en los reos el aislamiento, ¿qué de ello se podría visualizar en menor escala entre los investigadores de un centro de investigación como ECOSUR?

Retomo el espiral y me encuentro con el edificio mayormente ocupado por la cafetería, la cual, debido al horario aún se encuentra sola. No puedo dejar de observar que es uno de los pocos espacios utilizados para socializar, las ventanas si son abundantes y cuenta con espacios al aire libre para comer.
Intento ingresar por la parte posterior del edificio G pero un letrero de “Prohibido el paso a personas ajenas a esta sección” me lo impide. ¿Quién es ajeno y quien es propio a dicha sección? La falta de señalamientos no me hace saber si soy propia o ajena, aunque sé que es una zona de laboratorios ¿es un espacio al que el resto de los que a lo largo de nuestra formación como maestros no seremos invitados, principalmente los que no aplicamos experimentos en laboratorios?

El tiempo designado de una hora se agota, así que opto por dirigirme directamente al edificio A, dejando para el último el edificio de posgrado que suelo frecuentar más.

           Como era de esperarse, en el interior del edificio A también dominan las puertas cerradas, pero hay un par de excepciones y se oyen más voces, por lo que no domina el silencio. Los cubículos que tienen ventanas al interior del pasillo están tapadas con cortinas o incluso con cartulinas, aunque hay que reconocer que es un espacio bipolar, porque al exterior dichas oficinas tienen ventanas mucho más grandes, algunas de las cuales, solo algunas, dejan ver hacia adentro al investigador en cuestión que sacrifica su privacidad por tener un poco de luz natural, aunque ello a la vista de los paseantes, no pueda dejar de recordarnos algún zoológico de jaulas de vidrio al cual solo le falta el letrero de “favor de no alimentar al investigador” o “favor de no golpear el cristal, para no asustar o perturbar al investigador”.

Camino al edificio de posgrado, me reencuentro con el estanque y saludo a los peses anaranjados que suelen estar ahí, el agua cada vez está más sucia. Ingreso al edificio y curiosamente los salones están abiertos, pero vacíos, pero no puedo evitar hacer memoria y recordar que la mayoría de las veces las aulas se cierran tras ingresar el profesor, como en cualquier sistema educativo en el que hayamos estado. ¿Acaso nos entrenarán gradualmente para repetir el patrón del resto de los espacios de investigación? Porque, si bien es cierto que en las aulas hay una mayor interacción social, la fragmentación entre espacios de aprendizaje si se va marcando. Hay que recordar que existen aulas en las que la poca inscripción de alumnos al curso provocan que se este se lleve a cabo en espacios muy reducidos.

Un momento de silencio y, aparte del cúmulo de preguntas que me han surgido en el camino, surgen un una pregunta más, ¿Cuál ha sido mi papel y desarrollo desde que llegué aquí? Y, por otro lado, una última reflexión, ECOSUR per se es una comunidad educativa y centro de investigación complejo que podría ser fuente de investigaciones desde diversas áreas como el arte, la administración, la psicología, la biología, la agronomía, la sociología, la pedagogía, la antropología, las comunicaciones, entre otras, y así mismo, meramente con libreta en mano y con varias interacciones en el camino.


El tiempo había terminado ¿cómo negar que fue impuesto como una regla del juego?, había que regresar al salón. Todo el equipo de estudiantes, libreta en mano, ingresa, los profesores también y por último, se cierra una puerta más, la de nuestra aula.  

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